9.5.12

Pecados del cómic mexicano

El texto presentado pertenece a Jiro Suzuri donde muestra su punto de vista sobre cinco hechos que no permiten que el comic mexicano pueda prosperar como un producto de calidad.

Esto es algo que los responsables de muchas historietas lo saben, pero por diversas casusas no lo evitan  y permiten que se estanque como cualquier publicación de pesima índole.

1) Existe un cómic mexicano que se esfuerza por ser mexicano, como si, ¡ay!, pudiera ser de otro lado. Y para afianzar su mexicanidad, se apropia de cuanto cliché se cruza en su camino: su tono es el de una telenovela, su sensibilidad la de los Sensacionales y su herencia el Lágrimas, Risas y Amor, Santo y Chanoc. Luego, sus personajes predilectos son luchadores enmascarados, deidades sincréticas, criaturas seudo-rulfianas y vedettes curvilíneas. La variante mortal de este pecado —en oposición a la venial, ya descrita— son esas recreaciones, mortalmente aburridas, de los episodios de gloria nacional y de las vidas de nuestros héroes bronceados. Pero que quede claro: el pecado radica en la apropiación acrítica, no en la apropiación per se. A este cómic le hace falta atreverse a poner en duda los supuestos méritos de lo mexicano: faltarle al respeto, verlo a través de una lente más amplia. 
2) Irónicamente, existe también un cómic que —aún pecando de mexicano— peca de gringo. Por eso tenemos revistas de superhéroes y funny animals a la mexicana, es decir, superhéroes y funny animals de quinta. Su santo grial es ingeniar un superhéroe netamente mexicano, una entelequia sin sentido en un país carente de aspiraciones imperiales y donde el poder sólo sirve para abusar de él. Más allá de su ga(ba)chez, su gran pecado es lo estrecho de sus miras, pecado irredimible a la luz de los tiempos de bonanza artística que vive la viñeta en muchas partes del mundo. Cuando la globalización multiplica las perspectivas, este cómic de república bananera se encarga de clausurarlas. Y no olvidemos ése que, en su afán por emular la temática futurista y la estética franco-belga de la mítica revista Métal Hurlant, pergeña copias al carbón de tercera generación de los, esos sí originales, Druillet y Moebius. 
3) Si uno lee lo que se escribe en diarios y revistas, pero sobre todo en Internet, no puede sino quedarse con la impresión de que el cómic mexicano es un arte perfecto, irreprochable. Toda crítica en su contra debe ser, pues, una bajeza producto de la envidia o de la ignorancia. La manifestación más perniciosa de este pecado es ese cerrar filas en torno a los más débiles, una mentalidad de rebaño que jura y perjura que todo cómic es digno de apoyo y consideración. Cuando se señalan faltas, cosa rarísima, son más bien superficiales y superables con poner un poquito de cuidado y esfuerzo. La crítica se reduce a conminar a los historietistas a que, para la próxima, le echen más ganas.
4) Los tres pecados anteriores suelen acompañarse de un cuarto: la soberbia. Porque esta historieta mexicana de que hablamos —a pesar de sus escasos méritos— se siente la más digna y sublime de las artes, merecedora de toda suerte de premios, becas, homenajes, canonjías y parabienes. Presa de su ceguera autocrítica y del ánimo arribista, no se da cuenta del por qué se le tiene tan poco aprecio. No se percata de lo ridícula que se ve —o, si lo hace, se niega a aceptarlo— armada con toda esa parafernalia kitsch. Esta soberbia se apuntala con el mutismo o la tartamudez, toda vez que es incapaz de —a falta de obras— articular un discurso que haga patente su valía. En esto, el cómic mexicano refleja lo peor de la cultura en donde nace, una cultura capaz de ennoblecerse a sí misma a pesar de no contar con evidencias tangibles de su nobleza.
5) Pero quizás el pecado más grave del cómic mexicano sea el no tomarse en serio. Aunque, como ya se vio, su dignidad artística está fuera de toda duda, dicen, existen historietistas que, muy ufanos, se declaran indiferentes al arte; lo suyo es entretener al respetable y no más. Con esto, el cómic nacional se cura en salud: cuando le conviene es un arte; cuando no, no. Esta inclinación por el entretenimiento da cuenta de la proliferación de humoristas y payasos que, haciendo eco de las palabras del ensayista y poeta Juan Domingo Argüelles, “creen que el humorismo es una simple gimnasia verbal o gestual, con frases de doble sentido, chistoretes y procacidades”, cuando en realidad es “una enfermiza tendencia, generalmente hipócrita, a no tomarse en serio ni uno mismo, haciendo burla de cualquier situación y en ámbitos que, por su auténtica solemnidad, no admiten befa, escarnio, o mofa.” Cuentachistes que, además, jamás darían la razón a quienes sostienen que “cómic” es sinónimo de “comedia”.

1 comentario:

Kazu dijo...

Y con las proporciones necesarias, son los pecados de la "mexicanidad" del mexicano en general.